viernes, 23 de diciembre de 2016

(4)



                Pedro María tenía suficientes convicciones para aventurarse a lo que se iba a aventurar: dedicarse a la defensa de Judas Iscariote.
                El primer elemento que poseía en las manos no podía ser otro que los mismos evangelios en donde se cuenta la acción de Judas. Y el texto base en el que quería fundamentarse era el Evangelio de Marcos. Había leído, en su rutina de lector inquieto, que el Evangelio de San Marcos había sido el primer evangelio escrito y en el que Mateo y Lucas se habían inspirado para escribir sobre Jesús de Nazareth. El Evangelio de Marcos es considerado, de hecho, el texto con más rigurosidad histórica en relación a la vida de Jesús. Así, leía en Marcos 14:10-11 “Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo ellos, se alegraron y prometieron darle dinero. Y él andaba buscando cómo le entregaría en momento oportuno”.
                Lo curioso es que en esa cita, Pedro María encontraba ya la primera pista para salir en defensa de Judas. Se valía, por supuesto de algunos exegetas y estudiosos en la materia, aunque no trataban el tema propiamente en cuestión, como de un Joachin Jeremias, Jean Galot, Christian Duquoc, Schillebeecbxc, Vincenzo Battaglia, Karl Rahner, Moioli, Bernard Sesboue, Bruno Forte, Walter Kasper, Ignace de la Potterie, Hanimann; y, muchos otros. Aunque se había quedado con mucha curiosidad por leer la obra de Blinzler sobre las interpretaciones de la traición de Judas. Pero no le había sido posible por no hallarla ni aún con algunos amigos suyos que poseían buenas bibliotecas personales.
                Así, Pedro María veía que Marcos dice que había sido “Judas Iscariote, uno de los Doce”. Ciertamente, identificaba al personaje con nombre propio: “Judas”. Pero, añade, inmediatamente, la salvedad: “uno de los doce”. Y aquí Pedro María se emocionaba al encontrar que el evangelista Marcos identificaba al personaje pero también lo justificaba. Encontraba en la anotación inmediata, uno de los doce, la justificación de Judas.
                Pensaba que al evangelista añadir esa anotación justificatoria estaba pretendiendo decir que así como fue Judas pudo haber sido otro. Sólo que Judas se adelantó. En la expresión “uno de los doce”, Pedro María encontraba cosas no dichas expresamente, pero ocultas. Así, entresacaba de la frase la idea de que ya todos estaban desencantados con Jesús, y que uno de los doce, tal vez el más decidido, había tomado la iniciativa. Y que tarde o temprano, cualquier otro, de los doce, hubiese hecho lo mismo. Y era, precisamente, lo que San Marcos estaba diciendo. No otra cosa. ¿Por qué, entonces, no se es fiel al texto? se preguntaba con cierta impotencia e indignación hacia la historia, que siempre había condenado a Judas. Y consideraba, con razón o sin ella, que lamentablemente no se era fiel al texto por no hacerse una lectura fiel de lo que el texto decía. Porque muchos de los errores en la interpretación de muchos relatos e historias está, precisamente, en no saber leer con fidelidad lo que está escrito. Quizás, como él era periodista y locutor de vocación, tenía bien desarrollada esa sensibilidad de lector.
                Respecto a la fidelidad en la lectura, ciertamente, era muy detallista. Y pensaba que leer es un arte. Y, como todo arte es bello, es puro, es cristalino, es una magia. Es una comunicación entre quien escribió y quien está leyendo. Y es una hermosa obra de arte que exige saber ser fiel a su autor y a su interlocutor. Ya que quien escribe quiere comunicar una idea. Para que quien lea pueda captar la idea de quien escribe. Pero tiene un tercer elemento. Y es quien escucha y que es el receptor. En el caso de la lectura en público. Porque se trata de leer una idea en función de la misma idea para el oyente. Es decir, de una comunicación. Y en su más elemental sentido. De manera, que una lectura ha de ser fiel a la idea escrita, pues, de lo contrario, una idea pierde su verdadero sentido y adquiere muchos otros de la idea original. Lo que exige saber lo que se está leyendo y respetar todos los signos y símbolos de la escritura. Es como si se pusiera un semáforo y no se respetara, o, las mismas señales de tránsito y se ignorara todo el orden que se quiere dar a la circulación. Resulta un caos. Lo mismo, con la lectura en público. Entonces, podríamos decir, que todos manejamos, pero no todos somos choferes; o que todos sabemos leer, pero no todos somos buenos lectores. Al respecto, pensaba, que muchos de los que tienen la gran responsabilidad de transmitir las ideas escritas de cualquier texto, públicamente, a veces no tienen el suficiente respeto de la comunidad a la que están leyendo el texto en cuestión. Porque leen como pueden y no transmiten con fidelidad la idea escrita, tal como está escrita.
                El otro problema que Pedro María veía en de la fidelidad a la escritura es el de darle entonaciones personales, muchas veces emotivas, que en vez de hacer agradable lo que se escucha, entorpece el buen gusto y produce dispersión en la atención de la idea. Esas entonaciones no son sino vicios personales, fruto de emociones de quien lee y no de quien ha escrito lo que se está leyendo. Eso queda maravillosamente bien para el teatro o para la poesía recitada que exigen interpretación del personaje. Lo que supone que quien lo hace sea un actor o una actriz. Así, una lectura adquiere "subjetivismo" y pierde toda su objetividad. Y ese subjetivismo no es otra cosa que vicios y resabios de la persona que lee. Se  puede muy bien decir, que una lectura por muy espiritual que sea, no puede ser a la hora de leerse en público una lectura espiritualizada. Porque son dos cosas diversas, una lectura espiritual y una lectura espiritualizada. Lo segundo es un peligro y un resabio, que en vez de embellecer la lectura la entorpece.
                Todo esto que pensaba lo aplicaba en el texto del Evangelio de San Marcos. Pensaba que una mala lectura lleva a transmitir ideas no implícitas en la idea impresa en la escritura. Por consiguiente, era tergiversar el sentido y dar otros sentidos. Y, aquí, pensaba que históricamente se cometen y se han cometidos grandes errores y faltas de respeto múltiples: primero a cualquier autor mal leído. Si se lo ha leído mal se le interpreta mal. Después a los auditorios a quienes se les lee los textos: se les falta el respeto porque se les transmite una idea distinta de la escrita. Y eso mismo se aplica, pensaba, a los textos de la Biblia.
                Todo esto era el primer resultado que sacaba Pedro María Perales. Consideraba que en el caso de Judas, se le juzgaba mal, por una mala lectura del Evangelio de San Marcos. Pero no sólo pensaba así. Tenía todos los elementos históricos, tomados de la misma Biblia y evangelios, para comprender la decisión de Judas y que será elementos de los siguientes apartados de este relato.


                A Clementina le brillaban los ojos con un brillo especial cuando Pedro María le explicaba todas estas cosas. No se movía de su silla de mimbre donde se sentaba a escucharlo. ¿Cómo sabrá tanto de eso? Porque ella misma se iba convenciendo más que su esposo tenía mucha razón en lo que iba diciendo. Por lo menos a ella le parecía muy bonito e interesante. Nunca había oído hablar a nadie así de ese tema y con tanto dominio. La atención que ella mostraba en escucharlo le daban, por otro lado, a Pedro María más confianza en el tema y le daban la certeza de no estar tan descabellado en lo elementos que poseía para defender a Judas Iscariote. Ya no podía detenerse en la aventura que se había lanzado. Y esto por dos motivos principales: por uno, su inquietud y su afán de estudiar el caso que le entretenía el entendimiento y sus ratos de ocio; y por otro, la misma Clementina, que le preguntaba cada vez más, porque ya la curiosidad era una con ella y estaba hechizada por la manera de hablar de su esposo. 
(5)


                Los elementos que tenía Pedro María Perales para dedicarse a la defensa de Judas era la misma realidad del pueblo judío en el momento histórico de Jesús de Nazareth. En los tiempos de Jesús el pueblo de Israel se hallaba sometido al Imperio Romano y las expectativas eran que Dios le mandase un Mesías. Pero un Mesías al estilo de su historia hasta entonces. Y los judíos bien recordaban las intervenciones de Dios en su historia.
                Clementina ya había acomodado su silla de  mimbre, mitad original y mitad remendada en la salita donde se sentaban a conversar todas las mañanas. Esa mañana se había bañado al levantarse y tarareaba algunas melodías sin terminar. Se le notaba una cierta alegría. El café le había quedado un poco más dulce de lo acostumbrado. Su hija Elizabeth le había hecho saber esos detalles y en tono de comentario cariñoso le había preguntado que qué le pasaba. Nada. Había contestado Clementina.
                Después del café con leche y del pan untado con mantequilla y mermelada, como desayuno, todos se dedicaban a los suyo. Esa mañana era día festivo y Elizabeth no iría a trabajar. Aprovecharía el tiempo para dedicarse a sus cosas personales, como lavar, planchar y perecear un poco. Mientras tanto, en la salita se estaban acomodando los dos interesados en Judas Iscariote. Ya estaban, ciertamente, involucrados en la causa de la defensa. Pedro María sería el ponente, como siempre, alegando sus razones y sus conocimientos; y, Clementina, la fascinada y hechizada por las cosas nuevas que iban pasando por su cabeza también inquieta.
                Después de carraspear su garganta en señal de estar inmerso en sus pensamientos y como para darse el primer impulso, Pedro María preguntó a Clementina dónde habían quedado. Ella, que se hallaba ansiosa por comprender las razones que su esposo tenía en los elementos de la defensa que se iba a hacer, contestó de inmediato que el señor Marcos, o sea la Biblia, decía que “uno de los doce” y que no se sabía leer. Y, después de ciertos detalles para refrescar lo que se había hablado, Pedro María continuó su argumentación.
                — Así, — fijo en sus pensamientos y palabras Pedro María prosiguió — Israel recordaba la intervención de Moisés cuando el pueblo se hallaba sometido por los egipcios. Esta había sido, ciertamente, una gran intervención de Dios a favor del pueblo escogido. Moisés había sido un Mesías, un liberador. Después con la historia de José que había sido vendido por sus hermanos a un pueblo extranjero y después se había convertido en un salvador para el pueblo. Otro Mesías. Y, así, sucesivamente, el pueblo de Israel estaba convencido de la intervención de Dios en los momentos difíciles a nivel político y como pueblo concreto. Tenía la experiencia de las intervenciones de Dios. Dios jamás les había fallado. Y en los momentos concretos en que aparece Jesús de Nazareth las expectativas parecían cumplirse. Dios está actuando en medio de su pueblo. Ahora será la liberación del pueblo de Israel del sometimiento romano. Y hay que sumarse al movimiento liberador. La prueba era el mismo Pedro quien había dado muestras de ser bueno con la espada en el Huerto de los Olivos, por ejemplo. Y así muchos de lo que siguieron a Jesús. La esperanza no era otra que buscar la liberación. Y parecía un hecho.
                Ya se habían realizado algunos alzamientos pretendiendo ese objetivo. Matatías, por ejemplo, del linaje de los Asmoneos junto con los llamados Macabeos y Juan Hircano I, para citar algunos. Habían sido glorias pasajeras para el pueblo de Israel que no habían durado mucho. Se cambiaban los dominadores. Unas veces, Siria, otras Egipto, los persas, y, últimamente, los romanos. Y, entonces, la esperanza en el Mesías con la convicción de establecer un nuevo reino se mantenía viva. Y es cuando aparece Jesús de Nazareth hablando de la restauración del pueblo de Israel y declarándose el Mesías, el enviado, el esperado. Por supuesto, que había que sumarse al movimiento liberador. Por muchos motivos, había que unirse a toda esperanza de restaurar un nuevo reino. Por una parte, se lograría la liberación del propio pueblo. Y, por otra, tal vez, a la hora de repartir los puestos en el nuevo reino había la esperanza que le dieran un buen puesto, pues se había luchado en beneficio del pueblo.
                El pueblo de Israel con el recuerdo histórico que tenía del reinado del Rey David, sin duda, que albergaba las esperanzas de volver a instaurar un reino semejante. Un reino parecido alimentaba sus expectativas en la historia. Varias sentencias bíblicas alimentaban esa esperanza: en Gén. 3,15; la promesa a Abraham en Gen. 12,1-3; la bendición de Jacob en Gén  49,8-12: en los oráculos de Balaam de Números 24,15-19. Todas estas referencias indican, precisamente, que el pueblo de Israel tenía su convicción de la venida de un Mesías real; es decir, con la visión de un rey al estilo David. El segundo libro de Samuel 7 puede ser considerada la raíz histórica de la esperanza mesiánica en un rey. Así, el texto dice:


Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: «Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles.»  Respondió Natán al rey: «Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo.»  Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo:  «Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? No he habitado en una casa desde el día en que hice subir a los israelitas de Egipto hasta el día de hoy, sino que he ido de un lado para otro en una tienda, en un refugio. En todo el tiempo que he caminado entre todos los israelitas ¿he dicho acaso a uno de los jueces de Israel a los que mandé que apacentaran a mi pueblo Israel: "¿Por qué no me edificáis una casa de cedro?"  Ahora pues di esto a mi siervo David: Así habla Yahveh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra:  fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza.  (El constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.)  Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres, pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl a quien quité de delante de mí. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.»  Natán habló a David según todas estas palabras y esta visión. El rey David entró, y se sentó ante Yahveh y dijo: «¿Quien soy yo, señor mío Yahveh, y qué mi casa, que me has traído hasta aquí? Y aun esto es poco a tus ojos, señor mío, Yahveh que hablas también a la casa de tu siervo para el futuro lejano... Señor Yahveh.  ¿Qué más podrá David añadir a estas palabras? Tú me tienes conocido, Señor Yahveh. Has realizado todas estas grandes cosas según tu palabra y tu corazón, par dárselo a conocer a tu siervo. Por eso eres grande, mi Señor Yahveh; nadie como tú, no hay Dios fuera de ti, como oyeron nuestros oídos.  ¿Qué otro pueblo hay en la tierra como tu pueblo Israel a quien un dios haya ido a rescatar para hacerle su pueblo, dándole renombre y haciendo en su favor grandes y terribles cosas, expulsando de delante de tu pueblo, al que rescataste de Egipto, a naciones y dioses extraños? Tú te has constituido a tu pueblo Israel para que sea tu pueblo para siempre, y tú, Yahveh, eres su Dios. Y ahora, Yahveh Dios, mantén firme eternamente la palabra que has dirigido a tu siervo y a su casa y haz según tu palabra. Sea tu nombre por siempre engrandecido; que se diga: Yahveh Sebaot es Dios de Israel; y que la casa de tu siervo David subsista en tu presencia, ya que tú, Yahveh Sebaot, Dios de Israel, has hecho esta revelación a tu siervo diciendo: "yo te edificaré una casa": por eso tu siervo ha encontrado valor para orar en tu presencia. Ahora, mi Señor Yahveh, tú eres Dios, tus palabras son verdad y has prometido a tu siervo esta dicha;  dígnate, pues, bendecir la casa de tu siervo para que permanezca por siempre en tu presencia, pues tú mi Señor  Yahveh, has hablado y con tu bendición la casa de tu siervo será eternamente bendita.               
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                Por otra parte, muchos de los salmos hacen referencia a esa misma idea, en donde se hacía constante la enseñanza de la espera mesiánica real del pueblo de Israel. El salmo 78, por ejemplo, era su claro reflejo. Lo que significaba que se trataba de una enseñanza constante, y que era un recordatorio. El salmo se encargaba de recordarle a los israelitas las hazañas de Dios a favor del pueblo y con ello se mantenía la certeza de saber que jamás Dios los abandonaría. No lo había hecho antes. Tampoco lo haría ahora.
             Muchos otros salmos se sumaban a la lista de esa certeza. Así el 2 el 72 y el 110 confirmaban a nivel del pueblo la presencia de Dios. También los profetas, como Isaías y Jeremías se hallaban en esa línea, aunque muy en el fondo era el mesianismo profético lo que ellos anunciaban. Pero, el pueblo interpretaba con más facilidad que se trataba del mesianismo real. Es decir, un rey y un reino. Se trataba de uno de la familia de David.
                En esa enseñanza fue criado Judas Iscariote. Con toda seguridad, desde esa óptica histórica y de expectativas, tenías las mismas esperanzas de un reino al estilo de David. ¿Por qué, entonces, no comprender la nota que añade el evangelista San Marcos en el relato de la traición de Judas, “uno de los doce?”
                El problema que veía Pedro María era que en el caso de la historia de Jesús de Nazareth y toda su circunstancia, y con ello, Judas Iscariote, era la visión cristiana con la que se leían los evangelios. Es decir, que no se leen los evangelios pensando en su entorno circunstancial histórico, sino desde las perspectiva actuales. De hecho, cuando Pedro María le había comentado a algunos de sus amigos que pensaba defender a Judas Iscariote se habían sorprendido. ¿Cómo es posible que Ud. vaya a hacer semejante cosa? ¿No ve que Judas traicionó a Cristo? Y ahí es donde estaba precisamente el problema para Pedro María porque por más que diera todas las explicaciones y alegara la gente pensaba desde los momentos actuales y no desde la historia y desde los hechos concretos. Sí; eso lo sabemos nosotros, dos mil años después, que vemos y comprendemos y nos enseñaron que Jesús es el Hijo de Dios. Pero, ellos, los que vivieron con él en la inmediatez del tiempo y circunstancias concretas, no lo veían así. Ni siquiera suponían que era cierto lo que decía. Simplemente lo consideraban un loco de atar o de traicionar, como lo había hecho Judas Iscariote.
                Y aquí radicaba el problema de Pedro María y el problema de la no-comprensión histórica de la historia. De esta aparente repetición estaba consciente Pedro María. Bien sabía que no se trataba de una tautología o de una repetición caprichosa de palabras. Sabía que no es una repetición decir una comprensión histórica de la historia porque con ello quería pensar que se trataba de una fidelidad histórica y de una fidelidad a la historia. Es decir, que se trataba de ser fiel a los acontecimientos, según las circunstancias en que sucedieron. Esto supone, ciertamente, un estudio serio y pormenorizado de los acontecimientos que se estudian, en los que hay que considerar causas y orígenes, motivos y motivaciones. En otras palabras, una filosofía de la historia. De lo contrario, se corre el peligro, como de hecho sucede de mal interpretar muchos acontecimientos que se estudian. Y era lo que Pedro María veía que sucedía en el caso de Judas.
                Pensaba, según su lógica, que a Judas había que estudiarlo desde el pensamiento judío de la época y no desde la visión cristiana actual, con prejuicios y visiones globalizantes, sino concretamente en su circunstancia. Por eso se arriesgaba, so pena de ser incomprendido. Pero que sentía que era un asunto de conciencia escandalizara quien se escandalizara. Su conciencia no le reprochaba nada al respecto. Todo lo contrario. Además, se trataba de comprender a Jesús, por un lado, y a Judas, por otro, en la misma línea del judaísmo y no desde el cristianismo. Pues, en ese sentido, con la ayuda de algunos autores que había leído se trataba de ubicar las cosas en sus circunstancias histórica, ya que Jesús, e igualmente Judas Iscariote, no eran cristianos, sino hebreos. En el caso de Jesús, por ejemplo, no iba a Misa ni seguía alguna otra ceremonia el domingo; iba a las funciones el sábado. Pedro María se valía del aporte de Franco Galeone. Jesús no hablaba el griego ni el latín, sino el hebreo y el aramaico, dos lenguas semíticas. Se asemejaba a los otros hebreos, y tenía una madre hebrea; es decir, judía. Nadie lo llamaba Padre o Reverendo, sino Rabbí, o sea Maestro. No leía el Nuevo Testamento ni se imaginaba que fuese inspirada por Dios; leía la Biblia, es decir, el Antiguo Testamento y pensaba que era la Sagrada Escritura. No rezaba el rosario ni entonaba las letanías; pero sí recitaba los salmos, como en las tentaciones en el desierto y en la agonía de la cruz. No celebraba Navidad o Noche Buena, sino el Shavuoth y Pesach; es decir, fiestas propiamente judías. No hacía una comunión sino el Seder. En otras palabras, Jesús no era cristiano sino un hebreo, un judío. Y también Judas Iscariote.

                Entonces, ¿por qué no leer los acontecimientos desde sus circunstancias históricas?
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                Se añaden otros elementos fundamentales históricos, en la misma línea de la parte anterior, para que Pedro María saliera en defensa de Judas. La esperanza de un reino al estilo davídico estaba latente en los momentos de Jesús de Nazareth. Jesús parecía realizar y cumplir la intervención de Dios. Muchos lo habían seguido con esas esperanzas. Tres años eran suficientes para organizar la manera de declararse en armas contra el sistema político. En esos tres años se camuflarían y se estudiarían las estrategias militares. Tiempo suficiente para encomendar tareas de espionaje y verificar los puntos débiles del enemigo. Y más que necesario para adquirir armas y realizar entrenamientos y todo lo esto suponía. Aún, para encontrar gente que les financiara el posible levantamiento. Y habían sido los tres años que le habían dedicado al nuevo líder.
                Pero resulta que en estos tres años no hubo nada de todo esto que se esperaba. Ni armas, ni entrenamientos, ni estrategias, ni espías, ni comisiones especiales. Y lo que es peor, ni siquiera una referencia de odio o algo semejante contra los opresores y enemigos. Todo lo contrario. Había que amar a los enemigos. Y perdonar hasta setenta veces siete.
                Y el líder volvía hablar de que era el esperado, el Mesías. Algunos se retirarían desde el principio. Otros todavía esperarían para ver cómo irían las cosas. ¿Para qué? Alguna influencia les ejercería, sin duda, porque hasta se atreve a retarlos: ¿Uds. también se quieren marchar?
                Algunos de los que lo seguían se atrevieron a desafiar al líder: Bueno, ¿cuándo será todo esto, cuándo será el nuevo reino? Tal vez haya mucho de ironía en esta petición, ya que se podría decir, que cómo se iba a lograr ese reino, si no se tomaban las armas. Otros, por si acaso les tomaban la delantera, les sugieren que cuando se dé el golpe final, por favor que los coloquen uno a la derecha y otro a la izquierda. Como diciendo, en los buenos puestos.
                No en vano la gente llamaba a Jesús de Nazareth el hijo de David. Ciertamente, porque en él se cifraban todas las esperanzas del cumplimiento de todas las expectativas. Para nada. Porque cuando se le presenta la oportunidad de prendérsela contra el gobierno declara que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Si, precisamente, es contra el César que va la cosa. Entonces, ¿qué está pasando? Las cosas de seguro que no andaban bien.
                Lo peor de lo peor es que comienza a hablar de su muerte y de la hora. ¿Será que está tan decidido que se va dar a la pelea hasta morir para conseguir la liberación del pueblo? Se acerca la hora, repite con cierta insistencia y desde cierto tiempo. Claro que sí. Es la hora del golpe. Pero, ¿y las armas, la estrategia, y el apoyo de otros grupos? No se ven. Y, ¿entonces? Sin dudas que había que llevarse las manos a la cabeza en confusión.
                Para colmos, huye cuando la gente lo quiere proclamar rey. ¿No era la gran oportunidad? Ya considerado el líder a nivel general era más fácil organizar y organizarse. Y eso le daría todo el apoyo económico, social y revolucionario. Pero rechaza esta posibilidad. Ciertamente, que era un líder que tenía de todo, pero de militar y estratega, nada. La gente lo seguía. Hechizaba con su palabra. ¿Para qué?

                No era más que un charlatán, un hablador y un soñador. Todos los elementos históricos así lo evidenciaban. Había que hacer algo. Lo menos que se podía hacer era ir a negociar con los jefes del pueblo. Lo otro sería montarle un atentado y eliminarlo. No. Mejor ir a los jefes, quien quita que hasta me den un buen trabajo o me hagan un reconocimiento por colaborar con el pueblo al eliminar a un revoltoso que no hace más que confundir. Imagínense que va a tumbar al gobierno y no tiene ni una piedra para romper los vidrios. Y ni siquiera ha hecho entrenamiento, por lo menos, para correr. ¡Verdaderamente, es el colmo!
(8)



                Clementina no olvidaba el nombre del pueblo del que estaban hablando. Sabía que se trataba de Israel. Lo recordaba con facilidad porque relacionaba el nombre con su tío-abuelo que se llamaba Israel. De manera que pensaba en su tío y pensaba en Judas y en el pueblo de Judas. Y así no olvidaba. Una relación interesante, en todo caso.
                El otro elemento a favor de la defensa de Judas que alegaba Pedro María era el religioso. Todavía se le podría perdonar a Jesús de Nazareth el hecho que fuera un charlatán y hablador. Está bien que hable y que desvaríe. Tal vez no haya sido el primero o que tenga complejos de megalomanía. Es decir, que desee ser poderoso y grande, sin poner ni tener los medios. Todavía se le podría perdonar. El problema, sin embargo, es otro. Es propiamente religioso. Es decir, interno al propio pueblo que tocaba la esencia misma de sus tradiciones y costumbres. Y Jesús iba en contra de muchas de esas tradiciones existentes. Lo que significaba que ya era un problema interno. Y, por consiguiente, de extrema gravedad. Había que hacer algo. Y urgente. Ya lo proponía alguien del grupo de los que decidían en el pueblo: “es necesario que muera uno y no que perezca todo el pueblo”. O lo dejamos y nos atenemos a las consecuencias, que no se sabrán; o, lo eliminamos y nos evitamos serios problemas. Porque, se podría alegar, para no hacerle caso, que en el caso de la liberación del pueblo era un fanático y un romántico que añoraba un reino para todo el pueblo, aspiración generalizada; pero, que se meta con las propias tradiciones para criticarlas y para decir que así no era como quería Dios. Más aún, que se haga llamar hijo único de Dios y desde ese calificativo se atreva a contradecir la interpretación de los maestros y sacerdotes de la Ley de Moisés, ya es el extremo.
                De hecho ¿no decía que el sábado no era importante, sino la persona? Esto iba contra la esencia del cumplimiento de lo que Dios había prescrito sobre el descanso en el séptimo día. ¿Qué se habrá creído este hombrecito de Galilea? ¿Y las costumbres del pueblo que siempre lo había guardado con seriedad?
                No solamente eso. También se había metido con el templo de Jerusalén y había dicho que lo derribaran y que él era capaz de reconstruirlo en tres días. Además de hacer semejante afirmación se atrevió a sacar a la gente que ofrecía el culto a Dios, prescrito por Dios mismo, dado a los patriarcas a través del tiempo. ¿No era el templo el orgullo del pueblo y la certeza de la presencia de Dios en medio de su pueblo?
                Se atrevió a decir que todos los alimentos son puros y que nada hay impuro. Lo que significa que estaba diciendo que se podía comer cochino. ¡Y esto no puede ser!
                ¿No estaba, además, prohibido tocar a un leproso o tocar a un muerto, por considerar que se incurría en impureza? ¿Entonces? ¿Y no se la pasaba tocando a los leprosos y volviendo a la vida a los muertos? ¿No es eso incurrir en impurezas? ¿Dónde quedan, pues, las normas y los reglamentos y las leyes de Dios?
                No le bastaba eso. Todavía hay más. Se tomaba el descaro de decir que los que hacían todo eso, y no lo que él estaba proponiendo, eran unos falsos y unos hipócritas. ¡Verdaderamente! ¿Qué se habría creído?
                ¡Un falso maestro! No hay otra definición. Además, si se aplica la ley se encuentra el fundamento para condenar a Jesús en el libro de Deuteronomio 17, 12: “El que por arrogancia no escuche al sacerdote puesto al servicio del Señor, tu Dios, ni acepte su sentencia, morirá”. Lo que significaba que no había otra salida. Se puso de bocón. No respetó el orden establecido según la misma Torá. Pues, entonces, hay que aplicarle el castigo merecido.

                Y, ¿Judas no había hecho lo correcto? Por supuesto que sí. Sin dudas. Además, alguien tenía que hacerlo. No solamente tenía, estaba en la obligación y en conciencia a hacerlo. ¿No será ese el sentido de Marcos al decir “uno de los doce?” Tenía que prevalecer el propio pueblo y sus tradiciones. Porque, por un lado, quería liberar al pueblo sin tener los medios para lograrlo. Y, por otro, ponía en verdadero peligro la estabilidad interna del pueblo al ir contra sus costumbres. Ciertamente, Jesús, era una amenaza desde el lado que se le mirara.
(9)



               
El último elemento que Pedro María Perales tenía en las manos para defender a Judas Iscariote era el elemento teológico. Los anteriores habían sido el histórico, en su doble dimensión: político-social y religioso. Ahora, se trataba de un elemento más complejo: el elemento teológico. Es decir, cuál es la perspectiva global del plan de Dios de la vida de Jesús de Nazareth. Y para eso se valía del evangelio de San Juan 12,20-24: “Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.»  Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió: «Ha llegado la hora  de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo:  si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo;  pero si muere, da mucho fruto”.
              El mismo Jesús hablaba de la hora. La hora, no era el tiempo de la revolución política, como esperaba el pueblo de Israel. Era la hora del cumplimiento de las promesas mesiánicas escatológicas. Por eso, el elemento del que quería valerse Pedro María era más complejo. Porque se trataba de la comprensión global que se encuentra en la misma Biblia.
                Además Pedro María ya no podía detenerse. Hubiera sido catastrófico para Clementina que se hallaba ansiosa por comprenderlo todo respecto a Judas. Sin duda que ya Clementina no miraba a Judas con miedo. Ahora le parecía cercano y familiar. Sentía que se le había despertado por él una simpatía especial. Sentía un no sé qué de afinidad y de cariño por él, gracias a su esposo, por supuesto. Y no sabía a quién admirar más, si a Judas por lo que hizo, o a su esposo, por lo que estaba haciendo, por lo menos en ella.
                — Se trata de la hora. No lo olvidemos, Clementina – repuso Pedro María, para asegurarse que  su esposa se hallara en sintonía. Y continuó: Los evangelios hacen constante referencia a esa alusión, sobre todo el evangelio de San Juan. El mismo misterio de la hora. Exactamente así nos lo ha comunicado el Evangelio. Por eso encontramos repetidas muchas veces la referencia de Jesús en su vida pública a la constante "mi hora". Expresión que se encuentra ya desde la pérdida de Jesús en el Templo. Y continúa en las Bodas de Caná. Y así sucesivamente: "todavía no ha llegado mi hora". Hasta llegar al momento del Huerto de los Olivos, en donde Jesús, ya la proclama definitivamente: "ha llegado mi hora".
                Su vida pública la inaugura, según el evangelista San Lucas, una vez que estaba en el templo, declarando sobre la hora. Nos dice el evangelista, que: "Jesús fue a Nazareth, el pueblo donde se había criado. En el día del reposo entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el lugar donde estaba escrito: "el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y dar la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor". Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los que estaban allí seguían mirándole. Él comenzó a hablar, diciendo: Hoy mismo se ha cumplido las Escrituras que acabáis de oír"... Y todos estaban admirados...

                Se trata de la hora. El Evangelio nos lo coloca en boca de Jesús al decirnos que "hoy mismo se ha cumplido las Escrituras que acabáis de oír". Y desde ese momento comienza el ministerio público de Jesús. Y toda su vida se encamina hacia la cruz: en ella muere y muriendo da vida.
                Por otra parte, el mismo evangelista San Juan (11,45-56) nos cuenta que: “Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»  Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.»  Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación  - y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde este día, decidieron darle muerte. Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?”.

                Prácticamente, todo el evangelio de San Juan insiste en la misma idea. Citemos algunas para comprobarlo. Juan 10,31-42: “Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.»  Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre  son las que dan testimonio de mí;  pero vosotros no creéis  porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz;  yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna  y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»  Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?» Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios.»  Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley:  = Yo he dicho: dioses sois? =  Si llama dioses  a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios  - y no puede fallar la Escritura -  a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo,  ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho:  "Yo soy Hijo de Dios?”  Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;  pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis  que el Padre está en mí y yo en el Padre.»  Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad.» Y muchos allí creyeron en él”.
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— Ya como que entiendo todo. Ahora sí — fue el comentario de satisfacción de Clementina mientras se llevaba la taza con café a la boca. Los días iban transcurriendo y con ello el interés y la profundidad en el tema. Parecía una repetición del cuento de las mil y una noches. Era una historia sin fin y generaba expectativas por saber el final. Y así una y otra vez más, y más. Ya le era fácil a Pedro María continuar, aunque en la parte en que se hallaba era, realmente, muy delicada por tratarse de profundidades. Pero, ya no había marcha atrás. Había que llegar hasta el final en lo que se proponía, por lo menos, con Clementina, a quien tenía ganada para la causa de Judas. Y ya era mucho. Así, el tema continuaba:

— Además, Jesús de Nazareth consideraba e insistía que «era necesario». Así, en la primera predicción explícita de su Pasión, Jesús subraya el hecho teológico: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, sea reprobado por los ancianos, los sacerdotes y los escribas, sea matado y resucite a tres días» (Mc. 8, 21 par). La afirmación «es necesario» expresa una necesidad absoluta que deriva del plan divino. Pedro María Perales se valía de muchos autores para justificar lo que pensaba.
                Esta necesidad se apoya en una referencia a la Escritura: «Está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho que será despreciado» (Mc. 9, 12). Sin embargo, tal vez no exista una simple equivalencia, ya que Jesús prefiere decir «es necesario», que de suyo tiene un valor más fuerte. En la Escritura, donde se anuncian muchas cosas de importancia desigual, él capta el anuncio de una necesidad esencial, que su familiaridad con el Padre le permite percibir mejor. Por otra parte, la primera profecía de la Pasión no reivindica el testimonio de la Escritura; el «es necesario» aparece como la expresión de una convicción personal de Jesús, y como una afirmación que deriva de la autoridad que posee el Hijo del hombre y que Pedro le ha reconocido en su profesión de fe. En este caso sí que se puede decir que habla, no ya como quienes simplemente se esfuerzan por interpretar las Escrituras y conformarse a ellas, sino «como quien tiene autoridad». Es su intimidad con el Padre, autor del «es necesario», la que le da esa seguridad.
                Esa necesidad adquiere toda su significación bajo la perspectiva escatológica, en virtud de la cual el Apocalipsis de Daniel había dicho: «es necesario» para designar lo que debe suceder al final de los tiempos (2, 28). En esta perspectiva se sitúa el mismo Jesús en el «discurso escatológico», en el que, asumiendo las imágenes proféticas y apocalípticas del Antiguo Testamento, anuncia la inminencia de su Pasión, seguida de su triunfo glorioso: «Eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin» (Mc. 13, 7). Su Pasión, en efecto, no será sino «el comienzo de los dolores del alumbramiento» (13, 8). Su propia Pasión será seguida por la Pasión de sus discípulos y de la Iglesia, que habrán de dar testimonio del Evangelio a través de las persecuciones: «Es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones» (13, 10).
                Al decir «es necesario» para anunciar su muerte, manifiesta Jesús su conciencia de deber realizar la escatología, de inaugurar al menos su cumplimiento. Si hay acontecimientos que especialmente deben ser remitidos al poder de Dios, son los referentes a los últimos tiempos. Jesús anuncia con una clarividencia sorprendente que esos acontecimientos se van a concretizar en su Pasión y en su Resurrección: en él la escatología se plasma en historia, en su historia personal, en virtud de una inflexible voluntad divina.
                Lo que acaba de demostrar que Jesús no pronuncia el «es necesario» por un sentimiento suscitado por las amenazas que sus adversarios hacen pesar sobre él, es el hecho de que utiliza esa misma fórmula en otras circunstancias aludiendo a la muerte y a la resurrección. Según el evangelio de Lucas, ya a la edad de doce anos, Jesús dice «es necesario» con el anuncio implícito del misterio pascual: « ¿No sabíais que es necesario que yo esté en la casa de mi Padre? » Una vez resucitado, repite todavía ese «es necesario»: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (24, 26; 24, 44). Y para demostrarlo, recurre a las Escrituras.
                El principio fundamental para interpretar el hecho de la Pasión está, pues, inequívocamente enunciado: se trata de una necesidad establecida por Dios.
                Muchos otros datos poseía Pedro María Perales para defender a Judas Iscariote. Así, por ejemplo, las mismas de San Juan: 8,51-59; 8,21-42; 8,12-20. Todas estas pruebas le evidenciaban que, ciertamente, estaba en los planes de Dios que sucediera como había sucedido. Entonces, ¿por qué la manía de acusar a Judas Iscariote? Además, hasta el mismo Pedro, según los Hechos de los Apóstoles (1,15-17), lo reconoce. Dice la cita que: “Uno de aquellos días Pedro se puso en pie en medio de los hermanos - el número de los reunidos era de unos ciento  veinte - y les dijo: «Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había hablado ya acerca de Judas, el que fue guía de los que prendieron a Jesús.  Porque él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio”.

                Por otra parte, se podría citar al mismo de Jesús de Nazareth, ya que se podría pensar que si no hubiera estado en el plan de Dios, significaría, entonces, que Jesús se equivocó al escoger y aceptar a Judas Iscariote en el grupo de los Apóstoles. ¿No pudo vaticinar Jesús que Judas lo traicionaría? Ciertamente. Entonces, ¿por qué lo escogió para formar parte del grupo de los doce?